01-ago-2026
Para Lorena
Rivas H.
Culpables y amigos
Extraños y dormidos
Se ponen en pie
Sostenidos en sus orejas…
El bus lisérgico llevaba a Jim
Y a su asesino en el mismo asiento.
La materia coincide con el vértigo
Sin guaridas ni techos.
Existimos dentro del espejismo
De lo que somos y creemos ser.
Vivimos el peligro de las ciudades
Y el destierro de los campos.
Balanceamos los destinos
Hasta clavar las agujas en algún nervio.
Nos perdemos en el romance
Del ojo calcinado del resentimiento.
Libre desesperación del retorno
de la libido a su extinción cíclica.
La moneda en nuestro corazón
Amputó las manos sudorosas.
La lluvia en el desierto
Moja las mejillas de los idiotas.
Verdad y mentira son hijos bastardos
de la misma matriz.
El amor es tan verosímil
Como frenar a un centímetro del impacto.
El deseo tiene su estigma
En la moral que inhibe la carne.
Entre los naipes de la vulnerabilidad
Escondemos nuestro as tramposo.
¡Cuánto dolor tendremos hasta encontrar
el punto medio en el cabezal de una aguja…!
«LA MORDIDA», dedicado a Lorena Rivas H., presenta una exploración poética de las contradicciones que pueden coexistir dentro de un vínculo humano.
Desde los primeros versos aparecen pares de conceptos opuestos —culpables y amigos, extraños y dormidos— que introducen una atmósfera de ambigüedad, incertidumbre y tensión.
El poema no plantea una realidad estable, sino un espacio donde las identidades, los sentimientos y las percepciones parecen encontrarse en movimiento. La imagen del bus lisérgico, que lleva a Jim (Morrison) y a su asesino compartiendo el mismo asiento, refuerza esta convivencia de elementos contradictorios y sugiere que aquello que parece enfrentado puede encontrarse dentro de una misma experiencia.
A partir de esta premisa, el texto desarrolla una visión surrealista de la existencia, en la que la materia, el vértigo y el espejismo se mezclan para cuestionar la certeza de lo que somos. La ciudad y el campo aparecen como espacios contrapuestos: por un lado, el peligro y la intensidad de la vida urbana; por otro, el destierro y la distancia asociados a los espacios abiertos. En medio de ambos escenarios, los destinos son representados como fuerzas que se balancean hasta alcanzar un punto de tensión. Las agujas y los nervios introducen una dimensión física y simbólica del dolor, convirtiendo la experiencia emocional en una sensación punzante que atraviesa la conciencia.
El poema también aborda el resentimiento, el deseo y la vulnerabilidad como fuerzas que intervienen en las relaciones humanas. La imagen del «ojo calcinado del resentimiento» transforma la mirada en un espacio afectado por aquello que se recuerda, se reprocha o permanece sin resolver.
A su vez, la referencia al retorno cíclico de la libido plantea el deseo como una fuerza cambiante, sometida a períodos de intensidad y extinción. La moneda situada en el corazón y las manos que deja de representar el contacto expresan, mediante imágenes simbólicas, una posible tensión entre el valor, la pérdida, la sensibilidad y la imposibilidad de sostener determinadas formas de cercanía.
Uno de los ejes centrales del poema es la dificultad de establecer una frontera definitiva entre verdad y mentira. Ambas aparecen como «hijos bastardos de la misma matriz», una imagen que las presenta como realidades estrechamente relacionadas y nacidas de un mismo origen.
En este contexto, el amor es descrito mediante una comparación extrema: resulta tan verosímil como detenerse a una distancia mínima del impacto. El deseo, por su parte, aparece condicionado por la moral que lo contiene o inhibe. De este modo, el poema no presenta los sentimientos como experiencias simples, sino como fuerzas atravesadas por contradicciones, límites, percepciones y conflictos internos.
Finalmente, «LA MORDIDA» reúne estas imágenes alrededor de la vulnerabilidad y de la búsqueda de equilibrio.
Los naipes representan aquello que se oculta mientras las personas intentan protegerse, incluso cuando existe una posibilidad de engaño o incertidumbre.
La pregunta final sobre cuánto dolor será necesario para encontrar «el punto medio» resume la tensión que recorre todo el texto: la búsqueda de una posición posible entre extremos que parecen difíciles de conciliar.
Con un lenguaje surrealista, metafórico y deliberadamente ambiguo, el poema propone así una reflexión sobre las relaciones, la identidad, el deseo, la verdad, el conflicto y la necesidad de encontrar un equilibrio dentro de experiencias humanas profundamente contradictorias.

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