Poema "LA MORDIDA" de Yanderlok Harry Beltrán Pineda

28-jun-2026

Para Lorena Rivas H.

 

Divertida ríe

ascética bromista

detrás de sus cortinas…

  

Risa hechicera

de erráticas burbujas

que me somete.

 

La mordida en mi espalda

es la marca plausible

que te impide creerme.

 

Mi mentira fue tu muletilla

para desviar verdades

que no me comprometen.

 

Indigna evidencia, lo sé

aunque evitar mencionarlo

no fue un crimen.                             

 

Trizarme en el frio

de este vínculo gaseoso

es guiño persistente.

 

Jugar a no pestañear

es no decirnos

cuán vulnerables somos.

 

Oler la carne

es añorar sexo

desprovisto de cuerpos.

 

Qué importan

las interpelaciones borgeanas

cuando amar no podemos.




LA MORDIDA: el rastro de una intimidad que no termina de nombrarse

“LA MORDIDA” construye su tensión alrededor de una relación marcada por el juego, la ironía y una intimidad difícil de definir. Desde los primeros versos, la figura femenina aparece envuelta en una atmósfera casi teatral: ríe, bromea y se oculta “detrás de sus cortinas”. La imagen de las burbujas, la hechicería y el sometimiento introduce desde el comienzo una relación en la que el encanto convive con cierta pérdida de control.

El título concentra buena parte del sentido del poema. La mordida es simultáneamente una huella concreta y una metáfora: una marca que permanece cuando el acontecimiento que la produjo ya pertenece al pasado. En ese sentido, funciona como evidencia de un suceso que uno de los personajes se resiste a reconocer plenamente. La contradicción entre marca y negación constituye uno de los ejes más eficaces del texto.

El poema también trabaja con el lenguaje de la acusación y la defensa. “Mi mentira fue tu muletilla” transforma una posible falta individual en un recurso discursivo recurrente: la mentira deja de ser únicamente un hecho y pasa a convertirse en una explicación utilizada para evitar determinadas verdades. El hablante, sin embargo, tampoco se presenta como completamente inocente; reconoce que ocultar o evitar ciertos asuntos puede resultar moralmente incómodo, aunque rechaza equipararlo con un crimen. Esa ambivalencia evita que el poema caiga en una distribución demasiado sencilla de culpables y víctimas.

Uno de los hallazgos más interesantes aparece en “este vínculo gaseoso”. La expresión resume una relación que existe, ejerce presión y produce consecuencias, pero carece de una consistencia estable. Lo gaseoso no significa necesariamente inexistente: significa difícil de contener, de delimitar y de fijar. De allí que el poema pueda hablar simultáneamente de cercanía y fragilidad.

“Jugar a no pestañear” profundiza esa dinámica. El juego consiste en sostener una apariencia de dominio mientras ambos personajes conocen, o sospechan, su propia vulnerabilidad. La ausencia de una confesión explícita se convierte entonces en otra forma de comunicación: callar también revela.

El verso “Oler la carne / es añorar sexo / desprovisto de cuerpos” lleva la contradicción al terreno de lo imposible. El deseo aparece separado de su realización y convertido en una experiencia casi fantasmal. La paradoja resulta eficaz porque desplaza el deseo desde lo físico hacia la ausencia: lo que se añora no es únicamente un cuerpo, sino la posibilidad de una intimidad que no consigue materializarse plenamente.

El cierre introduce a Borges como referencia cultural, pero no como ornamento. Las “interpelaciones borgeanas” sugieren preguntas sobre identidad, realidad, duplicación, memoria y laberinto; sin embargo, el poema termina negándose a resolverlas intelectualmente. “cuando amar no podemos” reduce toda especulación a una imposibilidad afectiva elemental. Después de las metáforas, las acusaciones y los juegos de lenguaje, queda una afirmación desnuda.

Desde una perspectiva formal, el poema destaca por su economía verbal y por la sucesión de imágenes breves. Su principal virtud está en no explicar completamente la relación que representa. El lector recibe fragmentos: una risa, unas cortinas, una marca, una acusación, un vínculo gaseoso, una vulnerabilidad compartida y finalmente una imposibilidad. Esa fragmentación reproduce adecuadamente la naturaleza incierta del vínculo.

Algunas imágenes —“risa hechicera”, “guiño persistente”, “oler la carne”— pertenecen a un registro marcadamente sensorial y metafórico que puede resultar más sugerente que preciso. No obstante, esa imprecisión parece coherente con el propósito general del poema: representar una relación que precisamente no consigue adquirir una forma definitiva.

En conjunto, “LA MORDIDA” puede leerse como un poema sobre la huella de una intimidad ambigua. No intenta resolver si sus protagonistas se aman, se engañan o se desean; más bien registra el espacio incómodo en el que esas posibilidades coexisten. Su mayor fuerza está precisamente allí: en convertir la contradicción afectiva en materia poética sin clausurarla con una respuesta.






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