Poema "EN MI HAMACA" de Yanderlok Harry Beltrán Pineda

26-sep-2026

Para Lorena Rivas H.

 

Suspendido en la hamaca, le ordeno a mi conciencia que haga el trabajo sucio…

Observando el paisaje extraño de mi cuerpo blanco y simétrico...

Soy mi caparazón de 55 años, con su tierno niño…

Aquí he comido, escrito, y martillado cómodamente…

Mis piernas metidas en su grandilocuencia…

Mi herida suturada que no quiere cicatrizar…

Contando cada vello blanco de entre los rubios...

Mi escroto arrugado con más fertilidad de la que entrego…

Escuchando las risas de mi hija, abajo, en la sala...

La licuadora, las charlas y la tabla de picar de la vecina...

En la pantalla hay un documental de mi héroe favorito ...

Rumiando la obertura de Parsifal, del viejo Wagner...

Escuchando los zumbidos ceremoniales en mi cabeza...

Imaginando una vida alegre con un bolígrafo amarrado a mis pensamientos...

La coexistencia pacífica puede ser el anticipo de un exterminio…

No todo silencio es una botella con un mensaje…

No todo afecto es una señal de que importas…

No toda tranquilidad es siempre paz en la casa…

Ni todo ruido es información que valga la pena…

Excitándome con cualquier estímulo que se pega en mis manos ...

Sé de una oreja de mujer que, bien mordida, reirá a carcajadas…

Y sobre mi pecho sus caderas abiertas como una sandía jugosa…

Sintiéndome solo, más solo que el Voyager 1 en el espacio...

Deseando amar, dar cariño y recibirlo...

Pero resignado a sentirme olvidado por su blusa negra...

Y sus besos fotografiados ya son escenas del cine mudo…

En resumen: en paz y en guerra conmigo.




BREVE ANÁLISIS:

«En mi hamaca» es un autorretrato existencial construido desde la suspensión: el hablante permanece físicamente entre el descanso y la vigilia, mientras su conciencia oscila entre el cuerpo, la memoria, la vida doméstica, el deseo, la soledad y la escritura.

La hamaca funciona como el eje simbólico del poema. Desde ella, el protagonista observa su propio cuerpo de 55 años, reconoce sus transformaciones y contempla con ironía el paso del tiempo. El cuerpo envejecido no aparece idealizado: es un «caparazón» que todavía contiene al «tierno niño», una imagen que reúne madurez, vulnerabilidad y memoria.

A su alrededor continúa la vida cotidiana: las risas de la hija, los sonidos de la cocina, la vecina, la televisión y la música de Wagner. Sin embargo, esa proximidad del mundo exterior contrasta con una profunda sensación de aislamiento. La comparación con el Voyager 1 convierte la soledad personal en una imagen cósmica: estar rodeado de sonidos y personas no impide sentirse perdido en el espacio interior.

El poema adquiere después un carácter filosófico. Frases como «No todo silencio es una botella con un mensaje» o «No todo afecto es una señal de que importas» cuestionan nuestra tendencia a interpretar cada gesto como una señal. El hablante intenta obligar a su conciencia a distinguir entre realidad, deseo e interpretación.

El erotismo aparece integrado naturalmente en esta reflexión sobre el cuerpo. No constituye solamente una búsqueda de placer, sino una manifestación de vitalidad frente al envejecimiento, la soledad y la sensación de pérdida. El deseo de amar, dar cariño y recibirlo conduce finalmente a la imagen de la mujer ausente: su blusa negra y sus besos fotografiados pertenecen ya al territorio de la memoria.

La imagen final de los «besos fotografiados» convertidos en «escenas del cine mudo» resume magistralmente esa transformación: aquello que alguna vez tuvo movimiento, voz y presencia queda convertido en recuerdo visual.

El poema termina reconociendo su contradicción esencial: estar simultáneamente en paz y en guerra consigo mismo.

En conjunto, «En mi hamaca» combina confesión, humor corporal, reflexión existencial, surrealismo cotidiano y melancolía amorosa. La hamaca deja de ser simplemente un lugar de descanso para convertirse en un observatorio desde el cual un hombre de 55 años contempla su cuerpo, su casa, sus deseos, sus recuerdos y las contradicciones de su propia conciencia.

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